Mezquita Basharat de la Comunidad Ahmadía del Islam en Pedro Abad, Córdoba, España

El Santo Profeta

Su Carácter

Su Personalidad

El Sello de los Profetas

Opiniones desde Occidente

Mohammad en la Biblia

Hadices

 

mecca

El Santo Profeta Mohammad

La Paz y Bendiciones de Dios sean con él
mohammad en el coran

Mohammad no es el padre de ninguno de vuestros hombres, sino que es el Mensajero de Al-lah y el Sello de los Profetas; y Al-lah conoce perfectamente todas las cosas. (33:41)

 

El Santo Profeta Mohammad (la paz y bendiciones de Dios sean con él) fue el más grande de los profetas de Dios y el último profeta portador de ley. El Santo Corán, el último Libro revelado de Al-lah, fue revelado al Santo Profeta Mohammad (l.p.b.D) durante un período de veintitrés años. Fue enviado por Dios como Mensajero para toda la humanidad, como menciona el Santo Corán:

“Y te hemos enviado a la humanidad como Mensajero. Pues Al-lah basta como Testigo”. (4:80)

Su Vida y Enseñanzas

Introducción Refugiados en Abisinia
Su nacimiento Tiempos difíciles en la Meca
Su educación primaria Tentadoras ofertas
Su humanidad Asedio y Boicot
Su matrimonio con Jadiyya Su viaje a Taif
Emancipación de los esclavos La propagación del Islam a Medina
Su vida de contemplación y aislamiento Su huida a Medina
La primera revelación Elegido rey de Medina
Su llamada Sus enseñanzas
Abu Bakr se le une La hostilidad de los habitantes de la Meca
Persecuciones El episodio de Ohud y la lealtad de sus fieles
Su forma de abordar a la gente El episodio de Honain y la misión profética
Torturas a sus seguidores Sus estatutos humanos
Su mensaje Trato generoso a los habitantes de la Meca
Creencias paganas de los ciudadanos Su carácter

INTRODUCCIÓN

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Mohammad (l.p.b.D) nació en el año 570 d.C. en la Meca, Arabia, y quedó huérfano a una edad muy temprana.  Alcanzó la madurez haciendo gala de tal veracidad, integridad y piedad, que fue conocido en su tierra como el honesto y el sincero (Al Amin). Cuando a la edad de cuarenta años fue nombrado Profeta de Al-lah, consagró inmediatamente su vida al servicio de Dios y a la predicación universal del Islam.

Tras padecer trece años de sufrimiento inimaginable en manos de los enemigos de la nueva religión, el Profeta y sus seguidores abandonaron la Meca. Bajo revelación divina, emigró a Medina, donde fue establecida la primera comunidad musulmana (Umma). Durante los diez años posteriores los enemigos del Santo Profeta (l.p.b.D) prosiguieron en su intento de extirpar la nueva fe y a sus seguidores, pero sin éxito alguno.

El Islam se extendió rápidamente, y cuando el Santo Profeta (l.p.b.D) regresó a la Meca, diez años después de su emigración, lo hizo triunfante con diez mil seguidores. Mohammad (l.p.b.D) perdonó a cuantos se le opusieron y continuó con la propagación de las enseñanzas del Islam. En el año 632 d.C., tras su muerte en Medina, el Islam ya se había extendido por toda Arabia.

El Santo Profeta (l.p.b.D) dejó dos legados para la humanidad: el Santo Corán, a través de cuyas enseñanzas se estableció la religión del Islam, y su propia vida, que constituye un modelo perfecto para quienes buscan la comunión con Su Creador.

Reflejó a la perfección cada una de las diversas etapas de la vida del hombre: fue un modelo ejemplar para jóvenes y ancianos, padres e hijos; amigos, parientes y vecinos; para el gobernante y el ciudadano y para dignatarios y santos. Los seguidores de otros profetas consideran a sus profetas modelos ejemplares, pero sólo el Santo Profeta (la paz y bendiciones de Dios sean con él) proclamó ser un ejemplo para toda la humanidad. Sólo a él alude una proclamación divina en este sentido. Dios dice en el Santo Corán:

“En verdad, tenéis en el Profeta de Al-lah un dechado de virtudes, para quien teme a Al-lah y al Último Día y se acuerda mucho de Al-lah”. (33:22)

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SU NACIMIENTO

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  Hace más de catorce siglos, para ser exactos el 20 de abril del año 571 después de Cristo, nacía un niño en la Meca, ciudad de Arabia situada, aproximadamente, a 40 millas en el interior de las costas del Mar Rojo. Un niño, entre los miles que nacen a diario en el mundo, pero para quien el futuro reservaba numerosos acontecimientos maravillosos y sorprendentes.

La madre del niño se llamaba Amna y su padre y abuelo, Abdul-lah y Abdul Mutlib respectivamente. Su nacimiento dio lugar a sentimientos contrapuestos de alegría y tristeza en el corazón de sus allegados. Existía alegría porque les había nacido un varón que continuaría la línea de sus predecesores y mantendría su nombre vivo en el mundo. Tristeza, porque el niño recordaba a la madre a su muy querido esposo, y a su abuelo, su obediente hijo, que había fallecido antes del nacimiento del niño. Sus facciones, su encantadora sonrisa, la mirada de asombro en sus ojos con la que contemplaba el mundo al que tan recientemente llegara..., todo lo que con él se relacionaba traía a la memoria de la afligida esposa y desolado padre los añorados recuerdos del joven marido e hijo que siete meses antes abandonara á sus seres queridos para volver con su Hacedor. La alegría, sin embargo, predominó sobre la tristeza, pues el nacimiento del niño era una garantía de que el nombre del fallecido no quedaría olvidado. Su abuelo le puso al niño, nacido huérfano, el nombre de Mohammad, que comenzó a crecer bajo el cuidado de su madre y de una ama de leche empleada por su tío.

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SU EDUCACIÓN PRIMARIA

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  Los ciudadanos de la Meca acostumbraban a confiar el cuidado y lactancia de sus hijos a mujeres del pueblo, a fin de que se beneficiaran del aire puro campestre y evitaran los efectos nocivos del aire contaminado de las ciudades. Mujeres de aldeas a 30 ó 40 millas distantes de la Meca solían venir a la ciudad de vez en cuando y llevarse a los recién nacidos para lactar. Cuando los devolvían, acabado el período de lactancia, eran re­compensadas adecuadamente por los padres de los pequeños.

  Cuando estas mujeres llegaron a la Meca después del nacimiento de Mohammad (la paz y bendiciones de Dios sean con él) su madre también deseó confiar su cuidado a alguna aldeana, mas cuando se enteraban de que se trataba de un huérfano, se negaban a aceptarlo, temiendo que, al haber fallecido el padre, no pudieran ser remuneradas adecuadamente por su cuidado. Este huérfano, que estaba destinado a ser Maestro de Reyes y Empera­dores, fue presentado a cada aldeana y por todas rechazado. Extraños, ciertamente, son los medios de la Providencia. Ésta había previsto ya el modo de reconfortar el corazón de la madre de este bendito niño y su crianza en el campo. Entre quienes habían venido en esta ocasión para llevarse niños para lactar se encontraba Halima, una mujer pobre. Al igual que Mohammad, que fue ofrecido a todas y por todas rechazado, esta mujer fue de casa en casa buscando un niño a quien lactar, pero de todos los lugares era despedida, pues era pobre y nadie deseaba confiar el cuidado de su niño a gente pobre. Habiendo sido rechazada en todas las puertas, cambió de opinión y decidió llevarse a ese huérfano para evitar las mofas de sus compañeras.

  Cuando Mohammad acabó el período de lactancia, Halima lo trajo de nuevo con su madre, la cual le llevó a Medina con sus padres. Tras una corta estancia en Medina la sorprendió la muerte a su regreso a la Meca y a la edad de seis años, Mohammad (la paz y bendiciones de Dios sean con él) quedó privado del cuidado amoroso de su madre. Alguien lo llevó con su abuelo a la Meca, pero éste también murió después de dos años, quedando, desde entonces, al cuidado de su tío Abu Talib. Quedó así privado, uno tras otro, del tierno cuidado de quienes más le amaron, hasta que pudo valerse por sí mismo.

  Los lugares en que transcurrió su infancia no eran ricos ni instruidos. Por ejemplo, las comidas no se servían de manera ordenada o regular. Las condiciones económicas y los hábitos sociales de la gente no fomentaban la observancia de ciertos modos. A la hora de las comidas, los niños se reunían en torno a su madre y, clamando por el alimento, intentaban cada uno apropiarse de una ración superior a la de los demás. La sirvienta de Abu Talib cuenta, en cambio, que Mohammad nunca tuvo este hábito y que mientras los demás niños se afanaban en la indecorosa lucha por el alimento, él se sentaba silenciosamente a un lado esperando a que su tía le diera su parte, y comía con alegría lo que le correspondía.

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SU HUMANIDAD

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  Al cumplir veinte años se unió a una organización a cuyos miembros -pertenecientes a la tribu que fuera- se requería prestar el juramento de ayudar a los oprimidos y asegurarles sus justos derechos siempre que fueran solicitados para ello. Así, aún en su temprana juventud; siempre que se enteraba de alguna persona que fuera oprimida por otra, hacía propia la causa del último y no quedaba satisfecho hasta que le aseguraba sus justos derechos.

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SU MATRIMONIO CON JADIYYA

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  Su veracidad, honestidad y bondad, en esta etapa de su vida, le hicieron merecer los sobrenombres de «el sincero» y el «fide­digno». Cuando la pureza y honestidad de su vida comenzó a ser comúnmente conocida, fue requerido por una rica mujer mercader de la Meca llamada Jadiyya para que dirigiera de su parte una empresa comercial hacia Siria a cambio de una comisión sobre los beneficios. Mandó, además, a un esclavo suyo para que le acompañara. Mohammad ejecutó este negocio con tal diligencia y honestidad, que la arriesgada aventura comercial superó con creces los beneficios que Jadiyya esperaba. Su amabilidad y cor­tesía conquistaron el corazón del esclavo de Jadiyya, y a su regreso a la Meca hizo a ésta un completo relato de la nobleza y pureza de la vida de Mohammad. Jadiyya quedó tan conmovida por su narración que ofreció su mano en matrimonio a Mohammad, siendo aceptada por él. En aquel momento Jadiyya (Dios le tenga en su gloria) contaba cuarenta años y Mohammad (la paz y bendiciones de Dios sean con él) solamente veinticinco.

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EMANCIPACIÓN DE LOS ESCLAVOS

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  El primer acto de Jadiyya después de su matrimonió con Mohammad consistió en poner la totalidad de sus bienes, in­cluyendo sus esclavos, a la disposición de Mohammad, quien inmediatamente los puso en libertad, cumpliendo así, en su juventud, lo que líderes de mayor edad habían sido incapaces de llevar a cabo durante largos períodos de sus vidas: asestar un golpe mortal a la raíz de la esclavitud en una ciudad donde la institución de los esclavos era la base de todo el mecanismo social y totalmente indispensable para su funcionamiento.

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SU VIDA DE CONTEMPLACIÓN Y AISLAMIENTO

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  La observación de los males que afectaban a su nación le entristecía y le obligaba a retirarse a una cueva situada en lo alto de una montaña llamada Hira, a tres millas de la Meca, donde reflexionaba sobre la condición de su pueblo y la prevalen­cia del politeísmo, y se consagraba a la adoración del Dios Único y Eterno. Encontraba tal satisfacción en esta ocupación que con frecuencia llevaba consigo suficientes provisiones para mantenerse varios días y pasar largos períodos en la cueva en la adoración y contemplación del Todopoderoso.

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LA PRIMERA REVELACIÓN

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  Cuando cumplió los cuarenta años, recibió la siguiente reve­lación divina:

  «Adora a Dios y dirige a Él tus oraciones, para el logro del desarrollo espiritual e intelectual y para la adquisición del conoci­miento que aún no ha sido revelado a la humanidad.»

  Al recibir esta revelación sintió inquietud, y cuando llegó a su hogar relató todo el incidente a su esposa, expresándole al mismo tiempo su temor de que Dios quisiera probarle. Jadiyya, que solía observar con afectuosa solicitud cada actitud suya, le reconfortó diciéndole: «No. Seguro que Dios no te probará, pues te has portado afablemente con tus parientes, has asistido a los desamparados, has mostrado las más excelentes cualidades morales, has sido hospitalario con tus invitados y has ayudado a quienes fueron infortunados». Éste fue el testimonio de la mujer que, como esposa, conocía los más pequeños detalles de su vida. No podía haber mejor ni más veraz testigo de su carácter, pues la verdadera naturaleza del hombre sólo puede ser juzgada por la experiencia y nadie tiene mayor experiencia sobre la natura­leza de un hombre que su propia esposa.

  Sin embargo, Mohammad no se tranquilizó totalmente con lo que le dijo su esposa, por lo que ella le sugirió que fuera a ver a su primo, que era conocedor de la Biblia y le preguntara sobre el significado de esta revelación.

  Cuando relató su experiencia a Warka Bin Nafal, primo de su esposa, éste le contestó: «No temas. Has recibido la revelación de Dios de la misma manera en que Moisés solía recibirla» y añadió: «Me aflige mi avanzada edad. Desearía ser más joven para poder ser testigo del día en que Dios te nombrará para la guía de la humanidad. Temo que tu pueblo te expulse de tu hogar». Mohammad, que dedicaba cada hora de su vida pensando en el bienestar de su gente y de la humanidad y era extremada- mente popular entre sus conciudadanos, se sorprendió al oír esto y exclamó extrañado: «¿Es cierto que mi pueblo me rechazará?». «Así sucederá realmente -respondió Warka- a ningún hombre le ha sido conferido un Mensaje tan vital como el que a ti ha sido confiado sin que su pueblo le haya oprimido y perseguido». Considerando el cariño y el efecto que mostraba hacia cada ciudadano y los servicios que prestaba a los pobres, el conocimiento de que sería rechazado por su pueblo le causó viva sorpresa. Mas el futuro le deparaba aún mayores acontecimientos inesperados.

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SU LLAMADA

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  Un mes después de este acontecimiento, recibió de nuevo otra revelación en la que se le ordenaba invocar a la humanidad hacia Dios, abolir todas las formas del politeísmo, suprimir el mal y los excesos y, establecer la pureza y la justicia en el mundo. Esta revelación le confería el rango de Profeta. Así se cumplió en su persona la profecía contenida en Deuteronomio, 18:18, que anunciaba: «Haré surgir un profeta entre tus hermanos, semejante a ti». Mohammad (la paz y bendiciones de Dios sean con él) era descendiente de Ismael y, por tanto, hermano de los israelitas y era, como Moisés, portador de una nueva Ley. Pero en el momento que fue nombrado Profeta todo el mundo cambió para él. Los que antes le amaron ahora le odiaban, quienes le alabaron le despreciaban ahora y los que anteriormente le habían apoyado comenzaron a perseguirle.

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ABU BAKR SE LE UNE

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Sin embargo, cuatro personas que tuvieron la oportunidad de tener un contacto íntimo con él, creyeron en él. Éstas fueron Jadiyya, su mujer; Alí, el hijo de su tío Abu Talib; Zaid, su esclavo liberto y Abu Bakr, su más íntimo amigo. La base de su creencia radicaba en la imposibilidad de que Mohammad fuera impostor. La manera en que Abu Bakr aceptó a Mohammad como Profeta es significativa. Cuando Mohammad recibió la revelación que anunciaba su misión profética Abu Bakr se en­contraba en casa de un noble de la Meca. Una sirvienta entró en la habitación y dijo: «Es curioso lo que le sucede a Jadiyya. Dice que su marido es Profeta, de manera semejante a Moisés». Al oír esto, los que estaban presentes comenzaron a reír, pues consideraban tal proclama como resultado de una locura. Sin embargo, Abu Bakr, que conocía íntimamente a Mohammad, abandonó inmediatamente aquel lugar y se dirigió hacia su casa..

  Al preguntarle si había declarado algo, Mohammad le contestó que Dios le había elegido para guiar a la humanidad y para establecer su unicidad. Al escuchar esto, Abu Bakr dijo sin preguntar más:

«Juro por mi padre y mi madre que jamás has mentido. De tal manera, que no puedo concebir que puedas decir respecto a Dios lo que no, es verdad. Por tanto, doy testimonio de que no hay Dios aparte de Al-lah y que tú eres su Mensajero.»

  Poco después, Abu Bakr comenzaba a exhortar a varios jóvenes que le tenían gran respeto por la integridad y pureza de su vida, logrando que siete de ellos aceptaran a Mohammad (la paz y bendiciones de Dios sean con él).

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PERSECUCIONES

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  No es fácil aceptar la verdad. No se podía esperar de la gente de Meca, cuyo principal medio de vida era la vigilancia y servicio de los templos de ídolos, que transigieran con una doctrina que declaraba que no había nadie digno de adorar sino Dios. Tan pronto como los parientes de los que se convertían al Islam se percataban de su acción, comenzaban a perseguirles. El tío de Osman encadenó el cuerpo del muchacho y le confinó a una habitación alegando que no le liberaría hasta que renunciara a su nueva fe. Otro joven musulmán llamado Zubair, que sólo contaba quince años, fue encerrado también por su familia, la cual solía llenar de humo la habitación en la que se encontraba con el fin de hacerle retractarse. Pero éste permaneció firme y no dejó de profesar su fe. La madre de otro joven creó un nuevo método de tortura: dejó de tomar todo tipo de alimentos hasta que éste retornara a la fe de sus antecesores. Él replicaba que estaba dispuesto a obedecer a sus padres en todos los asuntos mundanos, pero que no les obedecería contrariando la voluntad de Dios, ya que la alianza que a Él debía era superior a la debida a sus padres.

  En resumen, excepto Abu Bakr y Jadiyya, los que en un prin­cipio creyeron en el Santo Profeta eran jóvenes de edades com­prendidas entre los quince y veinticinco años. Puede decirse que Mohammad, al ser huérfano, aprendió desde una edad temprana a construir su propio camino y, cuando Dios le elevó al rango de Profeta, fueron los jóvenes los primeros que se le unieron. Por lo tanto, al referirnos a su primera historia, el Islam podría ser descrito como la religión de los jóvenes.

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SU FORMA DE ABORDAR A LA GENTE

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  Todo Profeta se ve en la obligación de entregar su mensaje en general a la gente a quien va dirigido. Mohammad adoptó para este propósito el siguiente modo: cierto día se situó en una parte elevada del terreno y empezó a dirigirse a las principales familias de la Meca. Como la gente depositaba en él gran con­fianza, comenzaba a reunirse en torno suyo en respuesta a su llamada y los que no podían venir personalmente enviaban representantes suyos para escuchar lo que tenía que decir. «¡Oh gente de la Meca! Si os dijera que cerca de aquí hay un poderoso ejército y avanza hacia esta ciudad dispuesto a atacar ¿me creeríais?». En realidad se trataba de algo aparentemente imposi­ble, pues la Meca era considerada ciudad santa por los árabes, y no podía concebirse que tribu alguna pudiera avanzar hacia ella. Además, los pastores mequíes solían apacentar sus rebaños al­rededor de la Meca en grandes extensiones de terreno, y ante la posibilidad de que un ejército se dirigiera hacia la Meca, hubieran avisado inmediatamente del peligro. A pesar de ello, la respuesta que en esta ocasión dieron todos a la pregunta de Mohammad fue: «Te creemos, pues nunca has sido reo de falsedad». A esto, el Santo Profeta respondió: «Sois testigo de que nunca dije lo que no es cierto. Os digo, entonces, que Dios me ha designado para que os entregue su Mensaje y para señalaros el error de vuestro camino». Nada más oír esto, la gente empezó a alejarse de él, exclamando que se trataba de un loco, de un impostor.

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TORTURAS A SUS SEGUIDORES

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  Este incidente causó sensación en la Meca, y a los que creían en él se les sometió a más severas persecuciones que antes. Hermanos se separaron de hermanos; numerosos hijos fueron abandonados por sus padres y los esclavos fueron atormentados por sus dueños. Los jóvenes, a quienes importaban poco las cos­tumbres y tradiciones y juzgaban las cuestiones racionalmente, fueron aprisionados y privados de alimentos, con la esperanza de que renunciaran a su fe. Sin embargo, tales medidas no consi­guieron hacerles cambiar; continuaron adorando a su Hacedor con los ojos hundidos y los labios resecos, hasta que sus padres, temiendo que fueran a morir, les suministraban alimentos. La compasión ayudaba a veces a estos jóvenes; pero la suerte de los esclavos y pobres que se convertían al islamismo y no tenían quienes les protegieran o ayudaran, era lastimosa. A los esclavos se les obligaba a permanecer de pie ante el ardiente sol de Arabia envueltos en armaduras de acero, hasta que se abrasaba su piel. A algunos se les arrastraba con los pies atados sobre la arena caliente y a otros les chamuscaban el cuerpo colocando piedras ardientes sobre ellos. Otra forma de tortura consistía en atravesar con agujas los cuerpos de los musulmanes. Una devota mujer murió atravesada por una lanza. A pesar de todo, los musulmanes padecían con firmeza estos y otros indecibles horrores y aún bajo tortura no cesaban de declarar que no abandonarían la adoración del Dios único. El propio Profeta fue víctima de la persecución, pero en su caso, la conducta de sus enemigos estaba influida por el temor de ofender a su familia, universalmente respetada en la Meca. Sin embargo, era maltratado con frecuencia: le solían arrojar ceniza cuando se postraba en la oración. Cierta vez cuando se encontraba en esta posición, un enemigo le colocó un pie sobre su cuello y lo mantuvo sujeto en esta posición durante largo tiempo. En otra ocasión, mientras se dirigía hacia la Mezquita para la oración le arrollaron una prenda al cuello e intentaron estrangularle.

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SU MENSAJE

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  A pesar de la oposición, el Santo Profeta (la paz y bendicio­nes de Dios sean con él) continuó divulgando su Mensaje. Dondequiera que encontrase a un grupo reunido, se dirigía a él y le hablaba sobre la unidad y la unicidad de Dios: que no, existía, otro dios aparte de Él ni en los cielos ni en la tierra; que era libre de hijos o hijas, que no engendró ni fue engendrado y que, por tanto, sólo en Él deberían creer, adorar y suplicar. Les explicaba que era libre de toda magnitud material y que, por tanto, no podía ser percibido por nuestros ojos físicos; que Él era el Creador de todos los fenómenos que originaron el Universo; que a Él retornaban las almas de los muertos, a las que concedía una vida nueva. Los hombres debían amarle e intentar acercarse a Él a fin de purificar sus corazones, palabras y acciones, y alejarse de la falsedad, asesinato, violencia, robo, falso testimonio, abuso, trasgresión y envidia, evitando malgastar el tiempo en pos del lujo y las satisfacción de sus deseos y procurando con­sagrarse al servicio y búsqueda del bienestar de la humanidad, promoviendo el amor y la paz en la tierra.

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CREENCIAS PAGANAS DE LOS CIUDADANOS

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  Esto era lo que predicaba y lo que hacía que la gente se riera de él. La gente de la Meca eran decididos politeístas y su templo albergaba cientos de ídolos que eran adorados diariamente y a los que hacían numerosas ofrendas. Estos ídolos constituían el modo de vida de numerosas familias nobles. Para ellos, la doctrina de la adoración a un solo Dios parecía fantástica. No comprendían por qué Dios no podía encarnar en un hombre o en un ídolo, ni podían reconciliar la idea de un Dios invisible. Por eso, prorrumpían en risas en cuanto veían al Santo Profeta, diciendo: «Mirad, este hombre ha fusionado todos los dioses en uno», pues creían que la existencia por separado de varios dioses era un hecho incontrovertible y que cuando Mohammad les hablaba de la exis­tencia de un solo Dios significaba que había combinado todos los dioses en uno solo. Adscribían sus fantásticas nociones al Santo Profeta y se reían ante el absurdo. La existencia de otra vida después de la muerte les daba motivo de burla. Les divertía la idea de que pudiera ser dada de nuevo una vida al muerto.

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REFUGIADOS EN ABISINIA

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  Cuando la persecución de los musulmanes en la Meca llegó a hacerse insoportable, el Santo Profeta (la paz y bendiciones de Dios sean con él) permitió a sus compañeros refugiarse en Abisinia que hasta entonces estaba gobernada por un rey cristiano. En consecuencia, la mayoría de los musulmanes, hombres y mujeres, abandonaron sus hogares de la Meca y se dirigieron a Abisinia. Sin embargo, la hostilidad de los mequíes fue más allá y enviaron una delegación al rey de Abisinia para pedir que devolviera los refugiados a la Meca. Pero el monarca cristiano amaba la justicia y, cuando oyó a la delegación de la Meca, también quiso escuchar a la otra parte. Los musulmanes fueron convocados a comparecer ante él. Fue una patética escena. Los musulmanes, que fueron obligados a abandonar sus hogares como resultado de la persecución de sus propios compatriotas, se presentaron ante el rey de Abisinia temiendo ser puestos de nuevo en manos de los mequíes y objeto de torturas. más severas de las que experimentaron an­teriormente por parte de éstos. Al preguntarles el Rey por qué habían emigrado a su país, el portavoz contestó:

  «Señor, éramos ignorantes y no teníamos noción del bien ni del mal. Adorábamos ídolos desconociendo la unidad de Dios. Todo tipo de mal prevalecía entre nosotros; la transgresión, el robo, el asesinato y la fornicación no se consideraban pecados, hasta que Dios hizo surgir a Mohammad (la paz y bendiciones de Dios sean con él) como Profeta entre nosotros. Él nos enseñó a adorar un solo Dios, a alejarnos de las malas acciones y a amar la justicia y la rectitud. También nos exhortó a amarnos mutua­mente y nos guió por el camino de la pureza y la justicia. Entonces nuestros hermanos comenzaron a perseguirnos y nos infligieron diversas torturas; hasta tal punto, que nos hemos visto obligados a abandonar nuestros hogares y tomar refugio en vuestra tierra. Ahora, esta gente nos ha perseguido hasta aquí y demanda nuestro retorno. Nuestro único delito es que adoramos a un solo y eterno Dios.»

  El rey se sintió tan conmovido por esta respuesta, que rehusó devolver a los musulmanes a los mequíes. Estos últimos intrigaron con los nobles de la Corte, y al día siguiente reiteraron su de­manda alegando que los musulmanes solían maldecir a Jesús, por lo que el Rey tuvo que convocarles de nuevo. Esta vez le expusieron las enseñanzas del Islam respecto a la vida de Jesús, es decir, que era un Profeta y siervo muy querido de Dios, pero que no le aceptaban como Dios, ya que Dios era sólo Uno. Esto provocó la indignación de los nobles, que pidieron al Rey que castigara a los musulmanes. Sin embargo, el rey replicó que su propia creencia respecto a Jesús coincidía con la que man­tenían los musulmanes y, por lo tanto, no podía entregarles a sus opresores, asegurándoles al mismo tiempo que no le impor­taban sus resentimientos, pues prefería el agrado de Dios a la soberanía de su nación.

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TIEMPOS DIFÍCILES EN LA MECA

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En la Meca, fue incrementándose la persecución hacia el Santo Profeta. Los habitantes de la Meca se dirigieron a su tío Abu Talib, uno de los jefes del pueblo. Como por temor a él no habían tomado medidas extremas contra el Profeta, le sugirieron que adoptase al hijo de algún otro jefe y dejara a Mohammad en sus manos para vengarse de él. En respuesta, Abu Talib manifestó: «Ex­traña propuesta. Preferís que ceda mi fortuna a uno de nuestros rapaces y abandone a mi sobrino para torturarle hasta la muerte. Ni siquiera un animal mataría a sus crías para amar a las de otro».

  Al no convenir, le pidieron que impidiera a su sobrino predicar la unidad de Dios y atacar al politeísmo. Abu Talib mandó llamar a Mohammad y le preguntó si podía complacer a los jefes de la Meca accediendo a sus deseos. «Tío -contestó Mo­hammad- estoy en una gran deuda de gratitud contigo, pero por tu causa no puedo olvidar la causa de Dios. Si temes la hostilidad de la gente, puedes dejarme solo. Yo seguiré predicando la verdad que Dios me ha revelado. No puedo permanecer en silencio con­templando la ruina de mi pueblo».

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TENTADORAS OFERTAS

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  Entonces, los habitantes de la Meca recurrieron a la lisonja y la súplica. Enviaron un jefe al Santo Profeta para rogarle que no alterara la paz ciudadana, manifestándole al mismo tiempo que si pretendía ganar honor, estaban dispuestos a proclamarle como ciudadano más honorable de la Meca; si deseaba bienes, se apresurarían a hacer de él el más rico habitante de la ciudad a través de una gran colecta; si quería ser proclamado rey, estaban dispuestos a reconocerle como tal, y si deseaba una esposa, se le daría la oportunidad de elegir entre todas las mujeres de la Meca; a condición, claro está, de renunciar a su predicación sobre la Unidad de Dios. Por toda respuesta, el Santo Profeta dijo: «Aunque lograrais colocar el sol en mi mano derecha y la luna en la izquierda, no renunciaría a mi doctrina». Ochenta personas se habían unido ya al Santo Profeta (la paz y bendiciones de Dios sean con él).

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ASEDIO Y BOICOT

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Cuando los rumores de los acontecimientos de la Meca se propagaron por la nación, comenzaron a llegar gente a la Meca con el fin de averiguar personalmente lo que ocurría. Los habitantes de la Meca se exasperaban. Empezaron a cercar las calles con estacas para impedir que nadie viera al Santo Profeta. Al mismo tiempo, decidieron poner fin a su vida. Al enterarse, su tío y otros parientes resolvieron trasladarse a un valle vecino para poder protegerle mejor.

  Frustrados en sus proyectos, los habitantes de la Meca acordaron boicotear al Santo Profeta, a los miembros de su familia y al resto de los musulmanes. Se prohibió venderles prendas y alimentos, así como la celebración de matrimonios u otro tipo de relaciones hasta que accedieran entregar el Santo Profeta en manos de los mequíes para ser tratado por éstos como quisieran.

  La Meca es una ciudad solitaria en el desierto. No existe otra ciudad cercana en un radio de cuarenta millas. Puede ser imaginado, por tanto, el tipo de tormento a que los musulmanes y los fa­miliares del Santo Profeta fueron sometidos como resultado de este boicot. Fueron cercados con estacas para evitar que nadie pudiera suministrarles agua o alimentos, y este estado de cosas se prolongó durante tres años. Los sitiados habían de buscar oportu­nidades más favorables durante la noche para traer algunas provisiones, que frecuentemente quedaban agotadas, teniendo que subsistir durante días con las hojas y cortezas de los árboles.

  Un compañero del Santo Profeta, relata que los musulmanes aparecían exhaustos y demacrados y su salud comenzaba a resen­tirse. No por unos días o semanas, sino por tres años enteros, el más grande benefactor de la humanidad fue perseguido de esta manera por predicar la adoración de un Dios único y la búsqueda de las altas cualidades morales. Pero ni sus propios sufrimientos ni los de sus seguidores y parientes interfirieron en su noble y gran propósito. Después de tres años de continua persecución, la tardía humanidad de algunos jefes de la Meca se rebeló contra esta tiranía y rompieron el acuerdo que habían pactado. El Santo Profeta y sus compañeros abandonaron entonces el valle en que se habían guarnecido; pero su anciano tío y su fiel esposa no pudieron escapar a las secuelas de este largo período de per­secución y murieron poco después.

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SU VIAJE A TAIF

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  Percibiendo la hostilidad de los habitantes de la Meca contra sus enseñanzas, el Santo Profeta (la paz y bendiciones de Dios sean con él) decidió, encaminándose hacia Taif, dirigirse a otras ciudades de Arabia, para llamar a sus gentes a la adoración del Dios Único. Taif es una vieja ciudad situada a sesenta millas de la Meca. Cuando la palabra de Dios fue predicada a los habitantes de esta ciudad, éstos se mostraron más agresivos que los de la Meca. Al comienzo le hicieron objeto de malos tratos y, posteriormente, le arrojaron de la ciudad, lanzando tras él a perros y bergantes. Fue alcanzado por piedras de todas las direcciones y hubo de marcharse bañado en su propia sangre y perseguido de perros salvajes. Sin embargo, su actitud hacia los tiranos de Taif puede juzgarse por las palabras que salieron de sus labios en estas con­diciones. Siguió caminando, con la sangre goteando por su rostro e hizo la siguiente oración: «Señor, ellos desconocen que lo que les dije es la Verdad; actúan así porque creen que es correcto. No te enojes con ellos por tanto, y no les envíes tu castigo, sino que abre sus ojos a la verdad y capacítales para aceptarla». ¿Encontramos en alguna parte ejemplo de tan consumado amor por la humanidad?

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LA PROPAGACIÓN DEL ISLAM A MEDINA

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  La Verdad no puede ser suprimida. Versiones de sus enseñanzas comenzaron a extenderse en el país. Algunos hombres de Yathrab (hoy conocida por Medina) vinieron a la Meca en ocasión del peregrinaje anual y se dirigieron al Santo Profeta (la paz y ben­diciones de Dios sean con él). Les explicó las enseñanzas del Islam y quedaron profundamente interesados. A su vuelta a Yathrab, hablaron de ello a sus conciudadanos y, al siguiente año, setenta de ellos volvieron para aprender mayores detalles, aceptando todos al Islam. Pidieron al Santo Profeta que les acompañara a su ciudad y residieran allí. Sin embargo, considerando que aún no había llegado el tiempo de abandonar la Meca, les prometió que iría a Medina cuando surgiera la ocasión.

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SU HUIDA A MEDINA

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  Cuando los habitantes de la Meca conocieron que su doctrina comenzaba a extenderse fuera de la Meca, idearon un original plan para poner fin a su vida. Seleccionaron un hombre de cada tribu para asaltarle durante la noche y darle fin, haciendo así responsables a todas las tribus de la afrenta, de forma que de resentirse el clan del Santo Profeta, se sintiera impotente ante las tribus unidas de la Meca. El Santo Profeta, sin embargo, fue avisado por Dios del peligro, y esa misma noche abandonó la Meca, acompañado de Abu Bakr, y se dirigió a Medina, donde las gentes aceptaron rápidamente su doctrina y se convirtieron al Islam en muy poco tiempo. Eligieron rey suyo al Santo Profeta y, de esta manera, «la piedra angular que los edificadores de su ciudad rechazaron», se convirtió en la corona del estado de Medina.

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ELEGIDO REY DE MEDINA

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 Como rey de Medina, formaba parte de su ocupación la ins­trucción y educación de las gentes, no abandonando nunca su sencillo modo de vida. Pasaba su tiempo exhortando a la gente a la adoración del Dios Único y enseñándoles los preceptos sociales y morales del Islam. Personalmente dirigía las cinco oraciones diarias en la mezquita, mediaba en las disputas que surgían entre los miembros de la comunidad y consagraba su tiempo y atención a la promoción del bienestar comunitario en asuntos relacionados con el comercio, la educación y la higiene, entre otros. Prestaba especial atención a las circunstancias y nece­sidades del pobre y se esforzaba en cubrirlas. En ciertas ocasiones, por ejemplo, realizaba encargos para los pobres que necesitaban de tal servicio. A pesar de sus múltiples ocupaciones, aún encon­traba tiempo para unirse a los juegos y pasatiempos de los jóvenes y les exhortaba a crear un sano espíritu nacional. Cuando retornaba a su hogar, ayudaba con frecuencia a sus esposas en el trabajo casero. A medianoche, cuando todos se habían retirado a descansar, abandonaba su lecho y pasaba las horas nocturnas en la adoración de su Creador, hasta tal extremo, que en numerosas ocasiones quedaban sus pies hinchados como resultado de su per­manencia en actitud de devoción.

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SUS ENSEÑANZAS

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Sus enseñanzas pueden ser descritas, resumidamente, así:

1. Enseñó que Dios es Único y los otros seres, hombres o ángeles, son sus criaturas. Equivale insultar a Dios imaginar que encarnó en un hombre o en ídolos, o que se engendró o fue engen­drado. Él se encuentra por encima de tales contingencias. Sólo Él otorga la vida y sólo Él la despoja. Todos los Reformadores y Profetas eran sus siervos, no poseyendo ninguno de ellos poderes divinos. Todos los hombres deben adorar sólo a Él y depositar su confianza sólo en Él.

OBJETO DE LA CREACIÓN HUMANA

2.   Enseñó que Dios creó al hombre para el más alto desarrollo espiritual, moral, intelectual y social, y que, para cumplir su objetivo, ha hecho surgir constantemente profetas en tLodas las naciones. Rechazó la doctrina de que el profetazgo quedó confinado a alguna nación particular, pues implicaría parcialidad por parte del Creador y equivaldría a denegar Su Providencia. Dio testimonio de la verdad de los Profetas de todas las naciones.

REVELACIÓN

3. Enseñó que la palabra de Dios ha sido revelada en todas las épocas de acuerdo a las necesidades respectivas de los tiempos y proclamó que él fue nombrado para la guía  de esta última era. Dijo, por tanto, que el Corán era un código de leyes más perfecto que los libros anteriormente revelados y exhortó a la humanidad hacia él.

LA PALABRA ETERNA

4.  Enseñó que Dios siempre habla a sus siervos y revela señales en su favor para confirmarles su existencia y su amor. Declaró que aquellos que siguieran sus enseñanzas percibirían la verdad de tales hechos por experiencia propia. Yo puedo garantizar la verdad de esta doctrina por mi experiencia personal. Siguiendo las enseñanzas del Islam, he oído la Palabra de Dios de la misma forma que los contemporáneos de Jesús o Moisés la oyeron; y, en numerosas ocasiones, Dios me ha mostrado signos que cierta­mente están por encima del poder humano.

UNA RELIGIÓN VIVA

5.  Enseñó que uno de los signos de una religión verdadera consistía en que Dios proveía los medios para mantenerla viva y pura en el mundo. Para asegurar la doctrina islámica de las interpolaciones humanas, erigiría profetas que salvaguardarían al Islam y preservarían su pureza. Consiguientemente ha surgido un Profeta recientemente en la India para cumplir tal propósito. Su nombre es Ahmad. Yo soy su segundo sucesor y mis compa­ñeros son algunos de sus seguidores.

UNA VIDA DE PAZ

6.  Enseñó, que a pesar de las diferencias religiosas, la gente debe vivir en paz y amistad y no disputar por cuestiones re­ligiosas; pues si un hombre posee la Verdad, no necesita luchar por ella, sino que ha de exponerla y por sí sola conquistará los corazones de las gentes. Permitió incluso a los cristianos celebrar su culto en las mezquitas; ejemplo de tolerancia que difícilmente encontramos siquiera en este avanzado siglo XX.

DEPENDENCIA DE LO ESPIRITUAL Y LO FÍSICO

7.   Insistió en que la vida del hombre tiene dos aspectos: el físico y el espiritual y que se encuentran tan íntimamente ligados, que no pueden ser separados, influyendo uno en el otro. Hizo hincapié especialmente en la inutilidad de los actos religiosos exteriores en ausencia de pureza de corazón, y que, por otro lado, la mente no puede entrenarse y desarrollarse sin un correlato exterior corporal. Para un perfecto desarrollo humano, por tanto, es necesario cuidar ambos aspectos.

MORALIDAD

8.   Respecto a la moral, enseñó que todos los hombres nacen con una naturaleza pura e incorrupta, y que toda corrupción que pudiera surgir ha de atribuirse directamente a una educación defectuosa o instrucción errónea. Siempre insistió en la necesidad de una educación y formación perfectas.

LA PURIFICACIÓN PERSONAL

9.   Hizo también hincapié sobre el hecho de que el objeto real de la búsqueda de las altas cualidades morales es la auténtica transformación de uno mismo, así como de los demás. No se debe insistir sobre un solo lado de la cuestión sino que deben tenerse en cuenta todos los aspectos. Por ejemplo, no debe proclamarse que en todas las ocasiones ha de aplicarse el perdón y la mise­ricordia. En efecto, si alguien resulta injuriado o dañado por otro, ha de pensarse como poder mejorar el estado del ofensor. Si se trata de una persona noble, seguramente se enmendará en el futuro si se le da la oportunidad de hacerlo. Tal persona merece toda consideración de perdón y clemencia. Más si fuera tan vil que interpretara vuestro perdón como signo de miedo o debilidad y de esta forma se envalentonara y aumentara su perversidad, es entonces cuando han de tomarse medidas estrictas, ya que de lo contrario también causará daño a otros. Debe castigársele de acuerdo con la medida de su falta, pues de otra forma también los débiles e inocentes sufrirán sin motivo.

SUS ENSEÑANZAS RESPECTO A LAS GUERRAS

10.  Enseñó que jamás deben emprenderse guerras ofensivas; estando permitida la guerra sólo como medida defensiva. Incluso en este caso, si la parte agresora se retracta de su locura y está dispuesta a llegar a un acuerdo, debe inmediatamente pactarse la paz.

EL ESPÍRITU ES CREADO AUNQUE ETERNO

11. También nos enseñó que el espíritu o alma es creado inmortal y, por tanto, no acaba con la muerte del cuerpo. Continúa experimentando progreso sin experimentar fin. Tanto es así, que incluso los pecadores e inicuos, después de sufrir un castigo que les purifique y después de eliminar todas sus malas inclinaciones, hallaran la misericordia eterna de Dios y de nuevo se encontrarán en el camino del progreso eterno.

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LA HOSTILIDAD DE LOS HABITANTES DE LA MECA

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  Cuando los habitantes de la Meca observaron que había asegurado una buena oportunidad de extender sus enseñanzas entre los habitantes de Medina, y mucha gente había comenzado a unírsele, dirigieron numerosas expediciones contra él, pero tales intentos militares fracasaron. Incluso aquí su superioridad sobre aquellos quedó claramente demostrada, ya que a pesar de los intensos preparativos y con ventaja numérica a su favor -en algunas ocasiones eran tres veces superiores a los musulmanes en número- siempre fue­ron derrotados, lo que resultaba verdaderamente extraño. Los musulmanes conseguían la victoria y los habitantes de la Meca quedaban frustrados y desamparados. Algunas veces los musulmanes sufrían algún contratiempo o eran rechazados, pero nunca fueron de­rrotados en el verdadero sentido de la palabra, ya que al final era el enemigo vencido de forma abrumadora. Tales campañas por parte del enemigo condujeron a resultados claros y directos. En primer lugar, a resultas de estos disturbios emergió como rey supremo de Arabia. En segundo lugar, tuvo ocasión durante el tiempo que duró la contienda y lucha, de mostrar algunas de las altas cualidades morales que sólo pueden ser exhibidas durante las guerras, estableciendo así su superioridad moral de forma definitiva. Al mismo tiempo, estas luchas y contiendas probaron al mundo el grado de espíritu de devoción y sacrificio que infundió a sus seguidores.

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EL EPISODIO DE OHUD Y LA LEALTAD DE SUS FIELES

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  A modo de ejemplo, relato aquí un episodio de la batalla de Ohud.

  Tres años después de su emigración de la Meca, el enemigo, con un ejército formado por tres mil veteranos, salió de esta ciudad para atacar Medina. Medina se encuentra a doscientas millas de la Meca, pero el enemigo confiaba de tal forma en su victoria que avanzó hasta la más cercana proximidad de la ciudad. El Santo Profeta se dirigió, para confrontarles, a Ohud, que se encuentra a sólo ocho millas de Medina, con un grupo de mil hombres. Durante la batalla, uno de sus destacamentos equivocó sus instrucciones, y el resultado fue que, la victoria que ya estaba en sus manos se transformó en derrota. A pesar del hecho de que los musulmanes estaban venciendo en todos los frentes, a causa del desatino en la táctica, el enemigo se volvió sobre ellos y, durante el curso de la batalla, llegó un momento en que la situación fue tan crítica que los musulmanes tuvieron que retroceder tanto, que el Santo Profeta quedó solo en torno a sus más enconados adversarios. En aquel instante permaneció totalmente firme, y a pesar de que sus hombres habían retrocedido, no dio un paso atrás. Cuando los musulmanes se percataron de la situación, hicieron un decidido esfuerzo por socorrerle, pero sólo catorce de ellos lograron llegar junto a él atravesando las filas enemigas. En aquel momento, el Santo Profeta recibió el golpe de una piedra que le originó una herida en la cabeza, perdiendo el conoci­miento y quedando sepultado bajo los cuerpos de los musulmanes que murieron defendiéndole. Se pensó inmediatamente que había fallecido y, sus fieles, que le amaban profundamente, al oír las nuevas, arrojaron sus armas al campo de batalla y comenzaron a gemir y llorar. Uno de los soldados musulmanes que no conocía el rumor y pasaba por allí inquirió sobre la causa de esta desespe­ración. Cuando fue informado de la supuesta muerte del Santo Profeta, el soldado declaró que había llegado la hora de una lucha más desesperada; «debemos seguir a nuestro amado líder hacia la muerte», y diciendo esto, enarboló su espada y se arrojó sobre el enemigo, cayendo rápidamente muerto. Cuando más tarde fue hallado, tenía setenta heridas en su cuerpo.

  Al extraer el cuerpo del Santo Profeta bajo los cadáve­res de sus fieles, descubrieron que se encontraba con vida. La noticia se extendió y el ejército musulmán se agrupó consi­guiendo derrotar al enemigo. Un soldado musulmán había perdido a uno de sus parientes y se encaminó a su búsqueda, hallándole gravemente herido y a punto de expirar. Tan pronto como el herido divisó a su familiar, le preguntó sobre el estado del Profeta, y cuando supo que se encontraba sano y salvo, su rostro se iluminó de alegría y exclamó: «Ahora muero feliz». El moribundo tomó la mano de su pariente y le pidió trans­mitiera el siguiente mensaje a sus queridos y allegados: «Mo­hammad, el Profeta de Dios, es un cargo que Dios ha puesto en nuestras manos y sobre el que habremos de responder ante Él. Es vuestro deber proteger este depósito divino. Estar precavidos de no fallar en vuestra responsabilidad». Así es como los musulma­nes probaron su lealtad al Santo Profeta. Las mujeres musulmanas no quedaban, sin embargo, tras los hombres en este respecto. Cuando llegaron noticias a Medina sobre la supuesta muerte del Profeta, todos los medinenses abandonaron la ciudad y se dirigie­ron al lugar de batalla con el corazón lleno de congoja y tristeza. Se encontraron en el recorrido con el ejército musulmán que retornaba gozoso de la batalla con el Profeta sano y salvo entre ellos. Una mujer se adelantó y preguntó a uno de los soldados: «¿Cómo se encuentra el Profeta de Dios?». Como el hombre conocía el estado del Profeta, no contestó inmediatamente a la pregunta y dijo: «Tu padre ha muerto, mujer». «¿Cómo se encuentra el Profeta de Dios?», dijo con impaciencia, «no te he preguntado sobre la suerte de mi padre». De nuevo el hombre no quiso calmar su ansiedad y replicó: «Tus dos hermanos han sido muertos, hermana». Ella perdió la paciencia y exclamó con severidad: «No te pedí que me relataras la suerte de mis hermanos. Me dirás o no cómo se encuentra el Profeta de Dios?». «El Profeta se encuentra salvo», contestó el hombre. «Alabado sea Dios», exclamó, «si el Profeta de Dios vive, entonces todo el mundo vive y no me importa quien haya muerto». ¿Cómo podía existir tal sincera devoción y adhesión genuina a la persona del Santo Profeta en los corazones de sus fieles, sin un ejemplo puro y perfecto por su parte, y una solícita atención por el bienestar de la humanidad?

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EL EPISODIO DE HONAIN Y LA MISIÓN PROFÉTICA

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  En otra ocasión similar, el ejército musulmán se encontraba avanzando a través de Sun desfiladero, en cuyos bordes se encon­traban apostados los arqueros del ejército enemigo. Los musulmanes desconocían la posición de sus adversarios, que repentinamente comenzaron a arrojarles flechas. Este ataque inesperado espantó a los caballos y camellos de los musulmanes haciendo que los jinetes perdieran su control. El Santo Profeta quedó en solitario entre dieciséis compañeros ante un grupo de cuatro mil arqueros, encontrándose disperso el resto del ejército musulmán. El Santo Profeta, sin alterarse, hizo avanzar su corcel hacia las filas enemigas. Al observar esto, el puñado de fieles que se encontraba a su lado, quedó desconcertado y, desmontando de sus monturas sujetaron las riendas de su caballo exclamando: «El enemigo avanza triunfante y las fuerzas musulmanas han sido dispersadas. La salvación del Islam depende de tu seguridad. Por favor, retrocede, para que los dispersos musulmanes puedan reunirse». «Soltad las riendas de mi caballo», ordenó el Profeta, y exclamó con todas sus fuerzas: «Soy el Profeta de Dios. No miento. Quien pueda, que pruebe hacerme daño»; diciendo esto, avanzó hacia las líneas enemigas con los dieciséis fieles tras él. Ninguna mano humana pudo hacerle daño alguno. Entonces el Santo Pro­feta ordenó a uno de sus seguidores que llamara en voz alta a los musulmanes que huían, con estas palabras: «¡Medinenses! ¡El Profeta de Dios os llama!». Un compañero del Santo Profeta relata: «Nuestros camellos y caballos se habían asustado terrible­mente y corrían alocadamente alejándose del campo de batalla. Todos nuestros esfuerzos por controlarlos y hacerles regresar resultaban inútiles. Cuando oímos esta llamada, sentimos como si hubiéramos muerto y la voz de Dios nos llamara. Me sentí impaciente por regresar. Traté de hacer volver a mi camello, pero no lo conseguí. La voz: «El Profeta de Dios os llama» resonaba en mis :oídos, y viendo que el camello me alejaba del lugar de la contienda, desenfundé mi espada y lo sacrifiqué y, como un loco, corrí hacia el lugar donde provenía la voz». Escribe que tal era el estado de todo el ejército. Quienes pudieron, hicieron retroceder a sus monturas y quienes no, descendieron de éstas y corrieron hacia él. Quien no pudo descender de su montura, sacrificó al animal y se dirigió hacia su maestro, de tal forma que en pocos minutos todos se reunieron ante su llamada de igual forma que los muertos, se dice, resurgieron de sus tumbas ante el sonido de la Trompeta de Israel.

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SUS ESTATUTOS HUMANOS

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  Siempre hizo hincapié en que los musulmanes nunca fueran los primeros en atacar. Debían, por el contrario, luchar sólo en defensa propia. Siempre ordenó a sus seguidores que no mataran en las guerras a mujeres, niños, religiosos, ancianos, y a aquellos que no participaran en la lucha. Enseñó que aquellos que arrojaran sus armas no debían ser atacados. Los árboles y plantas no debían ser destruidos, los edificios no debían ser demolidos, las ciudades y valles no debían ser arrasados. Siempre se preocupó en saber si sus instrucciones habían sido cumplidas, y de saber que algunas habían sido violadas, su enfado y disgusto ante quien así lo hiciera, eran manifiestos.

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TRATO GENEROSO HACIA LOS HABITANTES DE LA MECA

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  Cuando Dios le permitió la conquista de la Meca, sus habitantes temblaban de terror ante el trato que esperaban recibir. Los re­sidentes de Medina que no habían presenciado las torturas a las que los musulmanes habían sido sometidos y sólo lo conocían a través de otras personas, se sentían enfurecidos. Sin embargo, cuando entraron en la Meca, reunió al pueblo y dijo: «¡Oh gentes! hoy os perdono todas las injusticias a que me habéis sometido. No seréis castigados». De no haber habido guerras y no haber llegado a ser rey ¿cómo podía haber llegado a ser un perfecto modelo para la humanidad y haber mostrado este aspecto de la moral humana?

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 SU CARÁCTER

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  En resumen, las guerras descubrieron un aspecto importante de sus cualidades morales y demostraron su amor por la paz, tranquilidad, el perdón y la misericordia; porque sólo es verdade­ramente clemente aquel que tiene poder para mostrar clemencia, y sólo podemos llamar generoso a quien posee riquezas y las reparte. Dios Todopoderoso le concedió la victoria sobre sus crueles enemigos y él los perdonó a todos. Él le concedió un reinado y, a través de su vida humilde y sencilla y el reparto de riquezas a los pobres y necesitados, probó que no enseñaba a los demás atender a los pobres por el hecho de que él no poseía nada, sino que actuaba conforme predicaba. Consagró cada instante de su vida sufriendo en la causa de Dios, y cada día padecía una nueva muerte en su camino. Falleció a la edad de 63 años e, incluso, en sus últimos momentos se sintió intensa­mente preocupado por salvaguardar a sus fieles contra la regre­sión a cualquier forma de asociación de otros seres a Dios. Repetidamente exclamaba: «Quisiera Dios obrar contra aquellos que transformaron las tumbas de sus Profetas en lugares de adoración», significando que aquellas gentes adoraron a sus Profetas considerando a éstos poseedores de poderes divinos. Así quiso advertir a los musulmanes en contra de esta manera de deificación. Condenando en su último aliento todo lo que pudiera atentar contra la perfecta unidad de Dios, retornó a su Creador. Aunque es frecuente oír que los musulmanes adoran a Mohammad (la paz y bendiciones de Dios sean con él), él fue quién más lucho por suprimir toda forma de asociacionismo y deificación. Consagró su vida completa en la predicación de la unidad pura de Dios. Todo el amor que hoy día hallamos en el mundo hacia su doctrina, fue el resultado de este personal esfuerzo y del de aquellos que le siguieron.

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